sábado, 10 de diciembre de 2011
Crónica de una sacudida.
Horrible.
Estaba sentada chateando con mi nee-chan cuando sentí que el piso se cimbró bajo mis pies, hasta acá no se siente cuando pasa un camión y fue aumentando así que escribí "esta temblando salte".
Me levanté y el trepidatorio se convirtió en un fuerte oscilatorio, la casa se movía de un lado a otro, escuchaba como el bote del baño casi lleno tiraba agua de la pura meneada, fui a desconectar el celular que se cargaba, agarré mi chamarra y salí dejando la puerta abierta, ya no busqué mis llaves.
Las escaleras se movían horrible y estaba todo oscuro, con un poquito de luz del celular bajé más lento de lo que hubiera querido, al llegar al patio agarré el cel rogando que saliera un mensaje, escribí "Estoy en casa", se alcanzó a enviar a mamá y le pedí a Dios que estuviera bien y lo leyera para que se calmara un poco.
Me recargé en el barandal de la ventana sintiéndome mareada y el sismo no cedia, así que pensé en abrir el zaguán para que no se fuera a atrancar la puerta y al salir a la calle me encontré a los vecinos y la Luna en todo su esplendor.
"¿No que el halo lunar cuando va a temblar?" me pregunté mirando con reproche a mi amiga en el cielo, y pocos segundos después finalmente la tierra se calmó.
Respiré, me metí y vine a buscar el teléfono. No salían llamadas pero el internet seguía conectado así que estuve pendiente en el Twitter y le prendí a las noticias.
6.8... creo que nunca había sentido uno tan fuerte y tan largo. Realmente me da miedo que haya réplicas más fuertes pero solo me queda encomendarme a Dios y serenarme.
¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAY QUÉ HORRIBLEEEEEEE!
miércoles, 13 de abril de 2011
No somos viejos, ¡somos "vintage"!

lunes, 14 de febrero de 2011
Mugre San Valentin...

Osea San valentín, se supone que tú y yo teníamos una tregua éste año: que yo me sentaría a esperar que apareciera frente a mi un plan para hoy y si no aparecía haría de cuenta que es un día común y corriente.
Empecé el día tranquila y sin ninguna complicación, pero aaaaah TENÍAS que hacerme pasar un mal rato.
La escena más patética de la historia: yo cayéndome a media calle.
Pudo haber sido en una calle sola, ¡pero NOOOO! Había muchísima gente caminando y desde el suelo vi como todos me veían con lástima, con las manos ocupadas de globitos o flores o chocolates o todas esas joterías que se regalan hoy, y nadie pudo ni siquiera preguntarme si estaba bien.
Además, ¡qué manera más bizarra de caerme! Al tratar de levantarme me di cuenta de que algo me detenía el pie, y resulta que lo que me hizo caer fue una varilla de metal saliendo del asfalto, se me atoró la agujeta en la varilla. ¡¿Cómo pasó eso?! ¡La "orejita" del nudo de mi agujeta!!!
Pues la desatoré y me levanté y cojeando seguí caminando para huir de las miradas de lástima de todos los idiotas cargando sus cosas de San Valentín, y NADIE dijo nada...
Será muy el día del amor pero no lo es de la amabilidad y la cortesía ¬¬ Que lo disfruten, atajo de hipócritas.
Listen to the Music of the Night
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Bipolaridad subterránea
Un día la amas y al siguiente la odias, e incluso el amor-odio extremo tiene diferencia de unas pocas horas, minutos o hasta segundos.
El metro no es la excepción.
La semana pasada me tuvo preparadas dos sorpresitas diametralmente opuestas.
El jueves mientras regresaba de mi clase de canto, al esperar el metro casi al final del andén, al llegar el metro de enfrente terminó justo delante de mi un vagón retacado de muchachitos de prepa puestísimos para apoyar a los Pumas.
Uno de ellos, asomándose por la ventana me gritó: "¡GUAPISIMA!! ¡TE AMO!! ¡VÁMONOS AL PARTIDOOO!".
Yo sonreí, le hice ojitos mientras preparaba mi garganta (que aparte de ir ya medio adolorida acabó super cansada de la clase) y le grité:
El chavo puso cara de perplejo dos segundos mientras todos los demás se reían y después se rió también.
Gritó cuando el metro por fin arrancaba y yo le dije adiós con la mano muy efusivamente. Regresé a casa con una sonrisota de tan divertido momento.
Pero lo que me esperaba en el metro al día siguiente no fue para sonreir.
Al salir de la escuela camino al tianguis de los viernes (muy agradable excepto cuando hay operativos, cada vez más seguido por cierto, jumm! ¡Pobre gente!) iba al final del primer vagón, uno de los nuevos (con dos filas de asientos una frente a la otra), con solo cinco pasajeros: un chavo, dos señores, una señora y una Lexell.
Imagínense que justo en el trayecto Instituto del Petróleo-Lindavista, uno de los más largos, el chavo se convulsiona.
Al ver de reojo que él se daba topecitos en la cabeza contra la ventana no me pareció más que una actitud estrafalaria, pero en cuanto vi que le empezó a brincar la pierna incontrolablemente me di cuenta de que no podía ser a propósito y de un impulso me levanté.
El señor que estaba en la fila de asientos frente al chavo se levantó también y fue corriendo a ayudar al pobre a bajar al suelo sin azotar, el otro señor que estaba cerca de la cabina fue a tocarle al chofer y la señora... se puso toda loca.
Cuando llegué por fin, el señor ya había recostado al chavo de lado y yo usé el papel de baño que acostumbro cargar enrollado en el bolsilo para evitar que se mordiera la lengua y le sostuve la cabeza lo más que pude.
El otro señor trató de calmar a la señora mientras el improvisado paramédico sostenía al chavo de los hombros y le decía "Tranquilo, todo está bien, aquí estamos.".
Yo no pude decir nada, tenía unas ganas horribles de llorar y solo me preguntaba porqué se me hacía tan eterno llegar a la siguiente estación. Cuando por fin el metro se detuvo y se abrieron las puertas la señora salió corriendo (suerte que no se atacó ella también del susto) y el policía nos dijo que lo sacaramos del vagón para que el metro pudiera avanzar.
Pues hete aquí que hasta ayudé a cargarlo, al menos las convulsiones se habían detenido.
Llegó la camilla al andén, el señor que le había tocado al chofer se volvió a subir al metro y se fue y el otro le buscó la cartera donde afortunadamente había dientificaciones y se las entregó al policía.
Finalmente se lo llevaron encamillado y nos quedamos los dos "rescatistas" esperando el siguiente metro. Nos miramos.
Él me preguntó si estaba bien y yo apenas pude decir que sí. Finalmente llegó el metro y nos volvimos a subir, cada quien por su lado.
Fue horrible, llegué toda nerviosa con mi amigo del tianguis, le conté todo, me hizo la plática, me abrazó y me dejó tomarme su mate pal susto y un rato después ya regresé mucho más tranquila a casa...
Me siento orgullosa de mi ciudad. Pueden decir lo que quieran, pero habrá esperanza mientras nos levantemos corriendo a socorrer a alguien convulsionándose en el transporte o la vía pública aunque sea un completo desconocido.
Listen to the Music of the Night
